Nómadas sobre papel

Carmen Baena. Nómadas Sobre Papel

      La obra gráfica de Carmen Baena sigue una línea coherente de desarrollo lírico del Postminimalismo en la cual la investigación formal heredada de las vanguardias ahonda en la naturaleza constructiva y expresiva de unos materiales mínimos. Los elementos y los procedimientos básicos, el lápiz y el papel, la recta y el círculo, la serialidad y la composición no jerarquizada, exponen una visión del mundo en la cual ni la estructura, ni el equilibrio son fruto de ninguna imposición formal o de contenido. Baena utiliza con maestría y sutileza las enseñanzas de las vanguardias suprematístas y constructivístas utilizando la superficie para la creación de un espacio en profundidad, que, sin embargo, no se emancipa ilusionísticamente del plano. 

Sucede así porque el espacio surge de la línea y la superficie, y no del volumen o de la figuración. Ni se afirma la bidimensionalidad del plano pictórico, ni este se pierde en la ilusión del espacio, como contenedor aéreo de cuerpos. Ni se insiste en la materialidad o la objetualidad del cuadro, ni se desprecia a favor del carácter ideal de la imagen pictórica. A pesar de ello, el dibujo no es un mero auxiliar del objeto escultórico, a modo de disegno que habría de materializarse en él. Cada obra gráfica posee un sentido en sí misma, y en el conjunto este sentido se identifica como una visión coherente de la naturaleza y el arte.

    Las imágenes de Baena son construcciones que transmiten equilibrio y serenidad. En ellas, el criterio representativo parece retroceder ante la pura y elegante geometría. No es así. La serenidad, por ejemplo, como principio compositivo, se presenta en combinaciones ni azarosas, ni necesarias, sino fruto de un sentido no jerárquico de la armonía. Las unidades que componen las series tituladas Intuiciones son característicamente independientes, tanto por el carácter de collage de la propia obra –en ela que cada fragmento al siguiente. Y, sin embargo, la unidad que resulta así basada en la mera “intuición” de la artista, ilustra la única posibilidad de una auténtica “libertad de la apariencia”, en la que ni el todo se imponga a las partes, ni los fragmentos se subordinen unos a otros, ni se imponga la arbitrariedad del sujeto, ni la frialdad de la geometría. Carmen Baena en una continuada y rítmica búsqueda pareciera que encuentra en lugar de construir, que descubre en vez de conquistar.

   Las referencias a la naturaleza se encarnan, sin posibilidad de abandonarlas, en la geometría y la materia de la imagen: en círculos de luz lunar, en horizontes que señalan la línea del suelo o del cielo, y en verticales que dividen, elevan, alcanzan; de madera o de alambre. La luna vista es un círculo recortado y pegado, cartulina que aún recortada y pegada, y más aún por eso, es un círculo que exhibe la plenitud y el misterio, la sencillez y la pureza de la figura geométrica. Las supuestas dicotomías entre materia e idea, geometría e intuición, o naturaleza e industria nunca son tales en estas obras. Y tanto el círculo rotundo y material como la línea, sutil, casi ideal, muestran su doble carácter, su naturaleza anfibia. Así, la recta se transforma en alambre, el grafito en negro metálico, y no es una transformación radical, si la esencia común es la línea. Una línea cuyas posibilidades puramente pictóricas se hacen presentes en las series rayadas, levemente coloreadas, que acompañan los paisajes, y que imponen otra vez una lectura sobre el plano.

La linealidad, y en concreto, la verticalidad, parece el rasgo más acusado de las creaciones de la artista. Enlaza formalmente con algunas de sus esculturas y con un cierto antropomorfismo de sus composiciones. Cada línea vertical es un individuo, en el plano y en el espacio. Su inclinación, su relación angular y espacial respecto a otras es una afirmación de independencia o de lo contrario, pues no es posible trazar dos verticales (o casi verticales) sobre un plano y que no se perciba una relación entre ellas o una falta de relación. Las horizontales juegan, por el contrario, un papel muy diferente: como referencia espacial en la superficie del cuadro o para una mirada, como suelo común o como horizonte básicamente sirven a la creación de un espacio en el que surgen objetos e individuos. La presencia constante del individuo en estas obras, sea árbol, farola o humano, de su radical individualidad, de su soledad y su dignidad es garantía de que se trata de arte sobre nosotros. Carmen Baena conoce la gramática de la situación. Y de esta gramática pictórica surge toda expresión. La percepción de esta geometría viva sobre el plano es la percepción expresiva de la naturaleza. La expresión de nuestra peculiar modo de estar en el mundo y de intentar orientarnos en él.

                                        Francisca Pérez Carreño

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